El malentendido
El malentendido Quizá, en efecto… (Se dirige hacia la cama y se sienta.) Pero esa muchacha sólo me inspira deseos de marcharme, de volver con María y de seguir siendo feliz. Todo esto es una estupidez. ¿Qué hago aquí? Pero no, mi deber es ocuparme de mi madre y de mi hermana. Las he tenido olvidadas demasiado tiempo. (Se levanta.) Sí, en esta habitación se solventará todo.
¡Pero qué frío es este cuarto! No reconozco nada, todo está cambiado. Ahora es igual que todas las habitaciones de hotel de esas ciudades extranjeras adonde llegan hombres solos cada noche. También las he conocido. Me parecía entonces que había que encontrar una respuesta. Tal vez me la den aquí. (Mira afuera.) Se está nublando. Y ya vuelve a asaltarme mi vieja angustia, aquí dentro, como una vieja herida que se aviva cada vez que me muevo. Conozco su nombre. Es temor a la soledad eterna, miedo de que no exista respuesta. ¿Y quién va a responder en una habitación de hotel?
(Se ha acercado al timbre. Duda, y luego llama. No se oye nada. Un momento de silencio, luego suenan pasos; llaman una vez. Se abre la puerta. Aparece EL CRIADO ANCIANO en el dintel. Permanece inmóvil y en silencio.)
JAN
No era nada. Disculpe. Sólo quería comprobar si contestaba alguien, si funcionaba el timbre.