El malentendido
El malentendido Ya sabía yo que algún día pasaría algo así y que entonces habría que terminar de una vez por todas.
MARTA (Colocándose delante del mostrador.)
¡Madre!
LA MADRE (Con el mismo tono.)
Déjalo, Marta; ya he vivido bastante. He vivido mucho más tiempo que mi hijo. No lo he reconocido y lo he matado. Ahora puedo ir a reunirme con él al fondo de ese río donde las hierbas le cubren ya la cara.
MARTA
¡Madre! ¿No irá a dejarme sola?
LA MADRE
Me has ayudado mucho, Marta, y siento abandonarte. Si todavía tiene algún sentido, puedo dar fe de que a tu modo has sido una buena hija. Siempre me has guardado el respeto debido. Pero ahora estoy cansada, y mi viejo corazón, que se creía insensible a todo, acaba de conocer de nuevo el dolor. Ya no tengo edad para resignarme a eso. Y, de todas formas, el que una madre sea incapaz de reconocer a su propio hijo significa que ha acabado su papel en este mundo.
MARTA
No, madre, si todavía está pendiente la felicidad de su hija. No entiendo lo que me dice. No reconozco sus palabras. ¿Acaso no me ha enseñado usted a no respetar nada?
LA MADRE (Con el mismo tono indiferente.)