El primer hombre

El primer hombre

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Azuzó a los caballos, y sólo el fuerte ruido de las ruedas aplastando las roderas y de los ocho cascos herrados que golpeaban el camino, llenó de nuevo la noche.

Era una noche del otoño de 1913. Los viajeros habían partido dos horas antes de la estación de Bône, adonde habían llegado de Argel después de una noche y un día de viaje en las duras banquetas de tercera clase. Encontraron en la estación el vehículo y el árabe que los esperaba para llevarlos a la propiedad situada en un pueblo pequeño, a unos veinte kilómetros tierra adentro, y cuya gerencia asumiría el hombre. Hizo falta tiempo para cargar los baúles y algunos enseres y después el camino en mal estado los retrasó aún más. El árabe, como si sintiera la inquietud de su compañero, le dijo:

—No tengáis miedo. Aquí no hay bandidos.

—Los hay en todas partes —dijo el hombre—. Pero tengo lo necesario. —Y dio unos golpecitos en el bolsillo estrecho.

—Tienes razón —dijo el árabe—. Siempre hay algún loco.

En ese momento la mujer llamó a su marido.

—Henri —dijo—, me duele.

El hombre blasfemó y azuzó un poco más a sus caballos.{6}

—Ya llegamos —dijo.


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