El primer hombre
El primer hombre Al cabo de un rato volvió a mirar a su mujer.
—¿TodavÃa te duele? Ella le sonrió con una extraña discreción y como si no sufriera.
—SÃ, mucho.
El la miraba con la misma seriedad. Y la mujer se disculpó de nuevo.
—No es nada. Tal vez haya sido el tren.
—Mira —dijo el árabe—, el pueblo.
En efecto, a la izquierda del camino y un poco en la lejanÃa se veÃan las luces de Solferino enturbiadas por la lluvia.
—Pero tú sigue el camino de la derecha —dijo el árabe.
El hombre vaciló, se volvió hacia su mujer.
—¿Vamos a la casa o al pueblo? —preguntó.
—¡Oh!, a la casa, es mejor.
Un poco más lejos la carreta dobló a la derecha en dirección a la casa desconocida que los aguardaba.
—Un kilómetro más —dijo el árabe.
—Ya llegamos —dijo el hombre dirigiéndose a su mujer.
La mujer estaba doblada en dos, la cara entre los brazos.
—Lucie —dijo el hombre.
La mujer no se movÃa. El hombre la tocó con la mano. Ella lloraba en silencio. Él gritó, separando las sÃlabas y mimando sus palabras: