El primer hombre

El primer hombre

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Sin quererlo se hacían daño unos a otros, simplemente porque eran, cada uno para el otro, los representantes de la indigencia menesterosa y cruel en que vivían. Y en cualquier caso no podía dudar del apego casi animal de su tío (ante todo) por la abuela y después por la madre de Jacques y sus hijos. Lo percibió, por lo que a él respecta, el día del accidente en la fábrica de toneles.{80} Todos los jueves, Jacques iba al taller. Si tenía deberes que hacer, los despachaba rápidamente y corría en seguida al taller, con el mismo alborozo con que iba otras veces a juntarse con sus amigos de la calle. La fábrica se hallaba cerca del campo de maniobras. Era como un patio atestado de desechos, viejos aros de hierro, escoria y hogueras apagadas. En uno de los lados, había una especie de techo de ladrillos sostenido a distancias regulares por pilares de morrillos. Los cinco o seis obreros trabajaban debajo de ese techo. Cada uno tenía en principio adjudicado su lugar, es decir, un banco de carpintero contra la pared, delante del cual había un espacio vacío al que se podían subir los barriles y las bordelesas y, separándolo del lugar siguiente, una suerte de asiento sin respaldo con una hendidura lo bastante ancha como para deslizar en ella los fondos de barril y afinarlos a mano por medio de un instrumento bastante parecido a una tajadera,{81} pero cuyo filo estaba del lado del hombre que lo sujetaba por las dos agarraderas. A decir verdad, esta organización no era perceptible a primera vista. Seguramente los bancos, al principio en un orden determinado, poco a poco se fueron desplazando, y entre ellos, los aros se amontonaron, los cajones de remaches fueron arrastrados de un lugar a otro y sólo una prolongada observación, o su equivalente, una frecuentación prolongada, permitía advertir que cada obrero se movía siempre en el mismo sector. Antes de llegar al taller, donde llevaba la merienda a su tío, Jacques reconocía el ruido de los martillazos con los que los escoplos hundían los aros de hierro de los barriles, cuyas duelas acababan de juntarse, y los obreros golpeaban en un extremo del escoplo mientras pasaban rápidamente el otro extremo alrededor del aro, o adivinaba por los ruidos más fuertes, más espaciados, que remachaban los aros en el torno del banco. Cuando Jacques llegaba al taller, en medio del estruendo de los martillos, era acogido con saludos jubilosos y se reanudaba la danza de los martillos. Ernest, vestido con un viejo pantalón azul remendado, alpargatas cubiertas de serrín, camiseta gris sin mangas y un viejo fez desteñido que protegía su hermoso pelo de las virutas y el polvo, lo besaba y le pedía ayuda. A veces Jacques sostenía el aro parado en el yunque que lo sujetaba por lo ancho, mientras su tío golpeaba con todas sus fuerzas para aplastar los remaches. El aro vibraba en las manos de Jacques y cada martillazo le marcaba las palmas de la mano, o bien mientras Ernest se sentaba a horcajadas en un extremo del asiento, Jacques hacía lo mismo en el otro extremo, apretando el fondo del barril que los separaba mientras su tío lo afinaba. Pero lo que prefería era llevar las duelas al centro del patio para que Ernest las ensamblara groseramente, manteniéndolas juntas con un arco que pasaba por el centro. En el fondo del barril, abierto por los dos lados, Ernest juntaba virutas para que Jacques les prendiera fuego. El fuego dilataba más el hierro que la madera, y Ernest aprovechaba para hundir aún más el aro con grandes golpes de formón y martillo, en medio del humo que les hacía lagrimear. Hundido el aro, Jacques llevaba los grandes cubos de madera que había llenado de agua en la bomba del fondo del patio, se apartaba y su tío arrojaba violentamente el agua contra el barril, enfriando el aro, que se encogía y mordía todavía más en la madera ablandada por el agua, en medio de una gran nube de vapor.{82}


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