El primer hombre
El primer hombre Durante el descanso para comer un bocado, los obreros abandonaban el trabajo empezado y se reunían, en invierno, en torno a un fuego de virutas y madera, en verano, a la sombra del techo. Estaba Abder, el peón argelino que llevaba un pantalón árabe cuyos fundillos le colgaban en pliegues y la pierna le llegaba a mitad de la pantorrilla, una vieja chaqueta sobre un jersey andrajoso y un fez, y que con acento curioso llamaba a Jacques «colega» porque hacía el mismo trabajo que él cuando ayudaba a Ernest; el patrón, el señor [ ],[83] que era en realidad un viejo obrero tonelero que ejecutaba con sus ayudantes los encargos de una fábrica de barriles más importante y anónima; un obrero italiano siempre triste y resfriado, y sobre todo el alegre Daniel, que siempre se arrimaba a Jacques para hacerle bromas o acariciarlo. Jacques se escapaba, deambulaba por el taller, con su delantal negro cubierto de serrín, los pies desnudos, si hacía calor, en unas pobres alpargatas cubiertas de tierra y de virutas, respiraba con deleite el olor del serrín, el otro más fresco de las virutas, volvía al fuego para saborear el humo delicioso o probaba con precaución, en un trozo de madera sujeta en el torno, la herramienta que servía para afinar los fondos y disfrutaba entonces de la destreza de sus manos, que todos los obreros elogiaban.