El primer hombre
El primer hombre Ocurrió que en una de esas pausas Jacques se encaramó tontamente sobre el banco de carpintero con las suelas mojadas. De pronto resbaló hacia adelante al mismo tiempo que el banco se volcaba hacia atrás, apretando con él, al caer con todo su peso, la mano derecha. Sintió de inmediato un dolor sordo, pero se incorporó en seguida riendo a los obreros que acudían. Antes de que dejara de reír, Ernest se abalanzó sobre él, lo tomó en sus brazos y salió a todo correr del taller, balbuceando: «Al doctor, al doctor». Entonces Jacques vio la punta de su dedo medio aplastada como un pedazo de masa sucia e informe de la que manaba la sangre. De golpe perdió el coraje y se desvaneció. Cinco minutos después estaban en casa del médico árabe que vivía frente a ellos.
—No es nada, doctor, no es nada, ¿verdad? —decía Ernest, blanco como el papel.
—Espéreme aquí —dijo el médico—, será valiente.
Tuvo que serlo, todavía hoy daba pruebas de ello su curioso dedo medio remendado. Pero una vez cosidos los puntos y puesto el vendaje, el médico le extendió, junto con un cordial, una patente de coraje. De todos modos, Ernest insistió en llevarlo cargado para cruzar la calle y, ya en la escalera, empezó a besarlo gimiendo y estrechándolo contra su cuerpo hasta hacerle daño.
—Mamá —dijo Jacques—, llaman a la puerta.