El primer hombre
El primer hombre En aquel momento el señor Bernard estaba allí, delante de Jacques, en su pequeño apartamento de las vueltas de Rovigo, casi al pie de la Alcazaba, un barrio que dominaba la ciudad y el mar, habitado por pequeños comerciantes de todas las razas y todas las religiones, cuyas casas olían a la vez a especias y a pobreza. Allí estaba, envejecido, el pelo más ralo, manchas de vejez detrás del tejido ya vitrificado de las mejillas y las manos, desplazándose con más lentitud que antes, y visiblemente contento cuando podía sentarse de nuevo en su sillón de mimbre, cerca de la ventana que daba a la calle comercial y donde cantaba un canario, ablandado también por la edad y mostrando su emoción, cosa que no hubiera ocurrido antes, pero todavía erguido y la voz fuerte y firme, como en los tiempos en que, plantado delante de sus alumnos, decía: «En fila de a dos. ¡De a dos! ¡No de cinco!». Y el bullicio cesaba, los alumnos, que a la vez temían y adoraban al señor Bernard, se alineaban a lo largo del muro exterior del aula, en la galería del primer piso, hasta que, en filas por fin regulares e inmóviles, en silencio, un «Adentro, banda de renacuajos» los liberaba, dándoles la señal del movimiento y de una animación más discreta que el señor Bernard, sólido, elegantemente vestido, con su fuerte rostro regular coronado por cabellos un poco ralos pero muy lisos, oliendo a agua de colonia, vigilaba con buen humor y severidad.