El primer hombre
El primer hombre A decir verdad, esos verdugos eran también inconsecuentes, pues perseguían con su aborrecimiento al cazador de perros, apodado por los niños del barrio Gallofa[95] (que en español…). Este funcionario municipal actuaba aproximadamente a la misma hora, pero, según las necesidades, hacía también sus rondas por la tarde. Era un árabe vestido a la europea, ubicado por lo común en la parte trasera de un vehículo tirado por dos caballos y conducido por un viejo impasible, árabe también. El cuerpo del carro consistía en una especie de cubo de madera, a lo largo del cual había, de cada lado, una doble fila de jaulas con sólidos barrotes. En conjunto eran dieciséis jaulas, cada una de las cuales podía contener un perro, acorralado así entre los barrotes y el fondo. Encaramado en un pequeño estribo de la parte posterior del carro, con la nariz a la altura del techo de las jaulas el cazador podía vigilar su territorio de caza. El vehículo rodaba lentamente a través de las calles mojadas que empezaban a poblarse de niños camino de la escuela, amas de casa en busca del pan o la leche, con sus batas de felpa estampadas de flores violentas, y comerciantes árabes que iban al mercado con sus pequeños tenderetes plegados al hombro y en la mano una enorme espuerta de paja trenzada que contenía las mercancías. Y de pronto, a una señal del cazador, el viejo árabe tiraba de las riendas y el carro se detenía. El cazador había divisado una de sus miserables presas escarbando febrilmente en un cubo de basuras, arrojando de vez en cuando miradas enloquecidas hacia atrás, o bien trotando velozmente a lo largo de una pared con ese aire apresurado e inquieto de los perros mal alimentados. Gallofa cogía entonces de lo alto del carro un vergajo terminado en una cadena de hierro que se deslizaba por un aro a lo largo del mango. Se adelantaba hacia el animal con el paso flexible, rápido y silencioso del trampero, lo alcanzaba y, si no llevaba el collar, que es la marca de los hijos de buena familia, corría hacia él con una brusca y asombrosa velocidad y le pasaba por el cuello su arma, que funcionaba entonces como un lazo de hierro y cuero. El animal, de pronto estrangulado, se debatía como un loco lanzando quejas inarticuladas. Pero el hombre [lo] arrastraba rápidamente hasta el vehículo, abría una de las puertas con barrotes y, levantando al perro que se estrangulaba cada vez más, lo arrojaba a la jaula con la precaución de hacer pasar el mango del lazo a través de los barrotes. Capturado el animal, aflojaba la cadena de hierro y liberaba su cuello. Por lo menos así ocurría cuando el perro no recibía la protección de los niños del barrio. Porque todos estaban coaligados contra Gallofa. Sabían que los perros capturados iban a parar a la perrera municipal, donde los guardaban tres días, transcurridos los cuales, si nadie los reclamaba, los animales eran sacrificados. Y aunque no lo supieran, el lamentable espectáculo de la carreta de la muerte de regreso de una ronda fructífera, cargada de desdichados animales de todo pelo y tamaño, espantados detrás de los barrotes y dejando una estela de gemidos y aullidos de muerte, hubiera bastado para indignarlos. Por eso, no bien aparecía en el barrio el carro celular, los niños se transmitían el alerta los unos a los otros. Ellos mismos se dispersaban por todas las calles del barrio para acosar a su vez a los perros, pero con objeto de expulsarlos a otros sectores de la ciudad, lejos del terrible lazo. Si a pesar de estas precauciones, como les ocurrió varias veces a Pierre y a Jacques, el cazador descubría en presencia de ellos un perro errante, la táctica era siempre la misma. Jacques y Pierre, antes de que el cazador pudiera acercarse bastante a su presa, empezaban a gritar: «Gallofa, Gallofa», con un tono tan agudo y tan terrible que el perro salía pitando y en pocos minutos estaba a salvo. En ese momento los dos niños tenían que demostrar también sus aptitudes para la carrera, pues el desdichado Gallofa, que recibía una prima por perro capturado, loco de rabia, los perseguía blandiendo el vergajo. Las personas mayores generalmente los ayudaban a escapar, ya fuese poniendo obstáculos a Gallofa, ya deteniéndolo sin más y rogándole que se ocupara de los perros. Los trabajadores del barrio, cazadores todos, en general amaban a los perros y no sentían estima alguna por ese extraño oficio. Como decía el tío Ernest: «¡Ese gandul!». Por encima de toda esta agitación, el viejo árabe que conducía los caballos imperaba, impasible, o, si las discusiones se prolongaban, empezaba tranquilamente a liar un cigarrillo. Y ya fuese capturando gatos o liberando perros, los niños corrían, esclavinas al viento en invierno y haciendo chasquear las alpargatas (llamadas mevas) en verano, hacia la escuela y el trabajo. Un vistazo a los escaparates de frutas al cruzar el mercado, según la estación, montañas de nísperos, naranjas y mandarinas, albaricoques, melocotones, mandarinas,[96] melones, sandías, desfilaban delante de ellos, que no las probarían o que, en cantidades limitadas, comerían las menos caras; dos o tres pases, sin soltar la cartera, a horcajadas en el gran estanque barnizado del surtidor, y corrían a lo largo de los depósitos del Boulevard Thiers, recibiendo en plena cara el olor de naranjas que salía de la fábrica donde las mondaban para preparar licores con la piel, remontaban la callecita de jardines y de villas para desembocar por fin en la Rue Aumerat, donde bullía una multitud infantil que, entre las conversaciones de unos y otros, esperaba que se abrieran las puertas.