El primer hombre

El primer hombre

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Jacques era más brillante en ciertas materias, pero su conducta y su atolondramiento, así como un deseo de lucirse que lo incitaba a hacer mil tonterías, daba ventaja a Pierre, más reflexivo y secreto. Se alternaban, pues, a la cabeza de la clase, sin pensar en envanecerse de ello, al contrario de sus familias. Sus placeres eran diferentes. Por la mañana, Jacques esperaba a Pierre al pie de su casa. Partían antes de que pasaran los basureros, o más exactamente la carreta tirada por un caballo herido en la rodilla que conducía un viejo árabe. La acera todavía estaba mojada por la humedad de la noche, el aire que llegaba del mar tenía gusto a sal. La calle de Pierre, que llevaba al mercado, estaba jalonada de cubos de basura que árabes o moros famélicos, a veces un viejo vagabundo español, destapaban al alba, hallando todavía algo que aprovechar en lo que las familias pobres y económicas desdeñaban y tiraban. Los cubos estaban por lo general destapados y a esa hora de la mañana los gatos vigorosos y flacos del barrio ocupaban el lugar de los andrajosos. Lo que intentaban los dos niños era llegar en silencio por detrás de los cubos para poner bruscamente la tapadera con el gato dentro. La hazaña no era fácil, pues los gatos, nacidos y crecidos en un barrio pobre, tenían la vigilancia y la rapidez de los animales acostumbrados a defender su derecho a vivir. Pero a veces, hipnotizado por un hallazgo apetitoso y difícil de extraer del montón de basuras, uno de ellos se dejaba sorprender. La tapadera caía con ruido, el gato lanzaba un aullido de espanto, haciendo fuerza convulsivamente con el lomo y las uñas y conseguía levantar el techo de su cárcel de zinc, emerger con el pelo erizado de terror y salir corriendo como si lo siguiera una jauría, en medio de las carcajadas de sus verdugos muy poco conscientes de su crueldad.{94}


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