El primer hombre
El primer hombre Pero, sobre todo, les hablaba de la guerra, todavía muy cercana y que había hecho durante cuatro años, de los padecimientos de los soldados, de su coraje, de su paciencia y de la felicidad del armisticio. Al final de cada trimestre, antes de despedirlos para las vacaciones y de vez en cuando, si el calendario lo permitía, tenía la costumbre de leerles largos pasajes de Les Croix de bois,{99} de Dorgelés. A Jacques esas lecturas le abrían todavía más las puertas del exotismo, pero de un exotismo en el que rondaban el miedo y la desgracia, aunque nunca hubiera hecho un paralelo, salvo teórico, con el padre a quien jamás había conocido. Sólo escuchaba con toda el alma una historia que su maestro leía con toda el alma y que le hablaba otra vez de la nieve y de su amado invierno, pero también de hombres singulares, vestidos con pesadas telas encostradas de barro, que hablaban una lengua extraña y vivían en agujeros bajo un techo de obuses, de cohetes y de balas. El y Pierre esperaban la lectura con impaciencia cada vez mayor. Esa guerra de la que todo el mundo hablaba todavía (y Jacques escuchaba en silencio, pero sin perder palabra, a Daniel, cuando contaba a su manera la batalla del Marne, en la que había intervenido y de la que aún no sabía cómo había vuelto cuando a ellos, los zuavos, los habían puesto de cazadores y después, a la carga, bajaban a un barranco y no tenían a nadie delante y avanzaban y de pronto los soldados ametralladores, cuando estaban en mitad de la bajada, caían unos sobre otros, y el fondo del barranco lleno de sangre, y los que gritaban mamá, era terrible), que los sobrevivientes no podían olvidar y cuya sombra planeaba sobre lo que se decidía alrededor de ellos y sobre los proyectos que se hacían para que la historia fuera fascinante y más extraordinaria que todos los cuentos de hadas que se leían en otras clases y que ellos hubieran escuchado decepcionados y aburridos si el señor Bernard hubiese decidido cambiar de programa. Pero él continuaba, las escenas divertidas alternaban con descripciones terribles, y poco a poco los niños africanos trababan relación con… x y z, que pasaban a formar parte de su mundo, hablaban entre ellos como si fueran viejos amigos, presentes y tan vivos que, Jacques por lo menos, no imaginaba ni por un segundo que, aunque hubiesen vivido en la guerra, pudieran correr el riesgo de ser sus víctimas. Y el día, al final del año, en que, habiendo llegado al término del libro,(100) el señor Bernard leyó con voz más sorda la muerte de D., cuando cerró el libro en silencio, confrontado con su emoción y sus recuerdos para alzar después los ojos hacia la clase sumida en el estupor y el silencio, vio a Jacques en la primera fila que lo miraba fijo, la cara bañada en lágrimas, sacudido por sollozos interminables, que parecían no cesar nunca.