El primer hombre
El primer hombre —Vamos, vamos pequeños —dijo el señor Bernard con voz apenas perceptible, y se puso de pie para guardar el libro en el armario, de espaldas a la clase.
—Espera, pequeño —dijo el señor Bernard. Se levantó con esfuerzo, pasó la uña del Ãndice por los barrotes de la jaula del canario que cantaba con todas sus fuerzas—: Ah, Casimir, tenemos hambre, pidámosle a papá —y se acercó hasta su pequeño pupitre de escolar en el fondo de la habitación, cerca de la chimenea. Revolvió en un cajón, lo cerró, abrió otro, sacó algo.
—Toma —dijo—, es para ti. Jacques recibió un libro forrado con papel de estraza y sin nada escrito en la cubierta. Aun antes de abrirlo, supo que era Les Croix de bois, el mismo ejemplar que el señor Bernard les leÃa en clase.
—No, no —dijo—, es… —Quiso decir: «Es demasiado bello». No encontraba las palabras.
El señor Bernard meneó su vieja cabeza. —El último dÃa lloraste, ¿te acuerdas? Desde ese dÃa, el libro es tuyo. —Y se volvió para esconder sus ojos súbitamente enrojecidos.
Regresó a su escritorio con las manos a la espalda, se acercó a Jacques y, blandiendo debajo de su nariz una regla roja corta y fuerte,(101) le dijo riendo:
—¿Te acuerdas del pirul�