El primer hombre
El primer hombre —¡Ah, señor Bernard —dijo Jacques—, asà que lo ha conservado! Sabe que ahora está prohibido.
—Bah, en aquellos tiempos también estaba prohibido. ¡Sin embargo, eres testigo de que yo lo utilizaba!
Jacques era testigo, pues el señor Bernard era partidario de los castigos corporales. La penalidad corriente consistÃa solamente, es verdad, en malas notas que, deducidas al final del mes del número de puntos ganados por el alumno, lo hacÃan bajar en la clasificación general. Pero en los casos graves, el maestro no se molestaba, como solÃan hacerlo sus colegas, en enviar al contraventor a la dirección. El mismo actuaba siguiendo un rito inmutable. «Pobre Robert», decÃa con calma y conservando el buen humor, «habrá que pasar al pirulÃ.» En la clase nadie reaccionaba (como no fuera para reÃr solapadamente, según la regla constante del corazón humano que hace que el castigo de unos sea sentido como un goce por otros).{102} El niño se ponÃa de pie, pálido, pero en la mayorÃa de los casos trataba de aparentar una calma que no tenÃa (algunos se levantaban del pupitre tragándose ya las lágrimas y encaminándose al escritorio junto al cual estaba de pie el señor Bernard, delante de la pizarra). Siempre siguiendo el rito, en el que entraba ahora una pizca de sadismo, los propios Robert o Joseph iban a buscar el «pirulû, que estaba sobre el escritorio, para entregarlo al sacrificador.