El primer hombre

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El campo verde era, no lejos de la escuela, una especie de terreno baldío cubierto con parches de hierba enfermiza y atestado de viejos aros, latas de conserva y barriles podridos. Allí tenían lugar las «agarradas». Eran éstas simplemente duelos en los que los puños reemplazaban la espada, pero que obedecían a un ceremonial idéntico, por lo menos en espíritu. En efecto, tenían por objeto liquidar una querella en la que estaba en juego el honor de uno de los adversarios, fuese porque se hubiera insultado a sus ascendientes directos o a sus abuelos, o despreciado su nacionalidad o su raza, o porque hubiese sido delatado o acusado de ello, robado o acusado de haber robado, o por razones más oscuras, como las que surgen todos los días en una sociedad de niños. Cuando uno de los alumnos estimaba, o sobre todo cuando los demás estimaban en su lugar (y él lo advertía), que había sido ofendido de tal manera que debía lavar la afrenta, la fórmula ritual era: «A las cuatro en el campo verde». Una vez pronunciada la fórmula, la excitación disminuía y cesaban los comentarios. Cada uno de los adversarios se retiraba, seguido por sus camaradas. Durante las clases siguientes la noticia corría de banco en banco con los nombres de los campeones a quienes los compañeros miraban de reojo y que simulaban la calma y la resolución propias de la virilidad. Pero la procesión iba por dentro, y a los más valientes los distraía de sus tareas la angustia de ver llegar el momento en que tendrían que afrontar la violencia. No se podía permitir que los compañeros del bando contrario se burlaran y acusaran al campeón, según la expresión consagrada, de «contener la cagalera».


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