El primer hombre
El primer hombre Abalanzándose sobre Muñoz, le asestó una lluvia de puñetazos, lo desarmó y tuvo la suerte de colocarle un gancho rabioso en el ojo derecho del desdichado, que, en pleno desequilibrio, cayó lamentablemente de culo, llorando con un ojo, mientras el otro se hinchaba rápidamente. El ojo morado, golpe supremo y muy anhelado, porque era una consagración de varios días, además de visible, el triunfo del vencedor, provocó en todos los asistentes gritos de indios sioux. Muñoz no se levantó de inmediato y en seguida Pierre, el amigo íntimo, intervino con autoridad para proclamar vencedor a Jacques, ponerle la chaqueta, cubrirlo con la esclavina y llevárselo rodeado de un cortejo de admiradores, mientras Muñoz se incorporaba, siempre llorando, y se vestía en medio de un pequeño círculo consternado. Jacques, aturdido por la rapidez de una victoria que no se esperaba tan completa, apenas escuchaba a su alrededor las felicitaciones y los relatos ya adornados del combate. Quería sentir su vanidad satisfecha, y en parte ya lo había conseguido, y, sin embargo, en el momento de salir del campo verde, volviéndose hacia Muñoz, súbitamente una sorda tristeza lo acongojó de pronto al ver la cara descompuesta del que había recibido sus golpes. Y supo así que la guerra no es buena, porque vencer a un hombre es tan amargo como ser vencido por él.