El primer hombre

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Para completar su educación, se le hizo saber sin tardanza que la roca Tarpeya está cerca del Capitolio. Al día siguiente, en efecto, bajo las palmadas admirativas de sus camaradas, se creyó obligado a adoptar un aire jactancioso y a fanfarronear. Como al comienzo de la clase Muñoz no respondiera al llamamiento y los vecinos de Jacques comentaran esta ausencia con risitas irónicas y guiños al vencedor, éste tuvo la debilidad de mostrar a sus camaradas su ojo semicerrado hinchando la mejilla y, sin darse cuenta de que el maestro lo miraba, se entregó a una mímica grotesca que desapareció en un abrir y cerrar de ojos cuando la voz del maestro resonó en la sala repentinamente silenciosa:

—Pobre enchufado —dijo, socarrón—, tienes derecho como los otros al pirulí.

El triunfador tuvo que levantarse, buscar el instrumento del suplicio y, envuelto en el fresco olor de agua de colonia que rodeaba al señor Bernard, adoptar la posición ignominiosa del supliciado.

El asunto Muñoz no había de concluir con esta lección de filosofía práctica. La ausencia del chico duró dos días, y Jacques estaba vagamente inquieto a pesar de su aire de suficiencia cuando, el tercer día, un alumno de un curso superior entró en la clase y previno al maestro que el director quería ver al alumno Cormery. El director sólo llamaba en casos graves y el maestro, alzando sus gruesas cejas, se limitó a decir:


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