El primer hombre
El primer hombre El vehÃculo rodó de pronto casi sin ruido. El camino, más estrecho ahora y cubierto de toba, corrÃa a lo largo de pequeños depósitos detrás de cuyos tejados se veÃan las primeras filas de viñedos. Un fuerte olor de mosto les salÃa al encuentro. Dejaron atrás grandes construcciones de tejados sobreelevados, y las ruedas aplastaron la turba de una especie de patio sin árboles. Sin hablar, el árabe se apoderó de las riendas para tirar de ellas. Los caballos se detuvieron y uno de ellos resopló.{7} El árabe señaló con la mano una casita blanqueada de cal. Una parra trepaba alrededor de la puerta baja con su contorno azul de sulfato. El hombre saltó a tierra y corrió bajo la lluvia hasta la casa. Abrió. La puerta daba a una habitación oscura que olÃa a fuego apagado. El árabe, que lo seguÃa, caminó en la oscuridad hacia la chimenea, sacudió un tizón y encendió una lámpara de petróleo que colgaba en el centro de la pieza, encima de una mesa redonda. El hombre apenas tuvo tiempo de reconocer una cocina encalada con un fregadero de baldosas rojas, un viejo aparador y un calendario desteñido en la pared. Una escalera revestida con las mismas baldosas rojas subÃa al piso alto.
—Enciende el fuego —dijo, y volvió a la carreta. (¿Se llevó consigo al niño?)