El primer hombre
El primer hombre La mujer esperaba sin decir nada. El hombre la tomó en sus brazos para depositarla en el suelo, y reteniéndola un momento contra sÃ, le hizo echar atrás la cabeza.
—¿Puedes caminar?
—Sà —dijo ella y le acarició el brazo con su mano nudosa.
El hombre la llevó a la casa.
—Espera —dijo.
El árabe ya habÃa encendido el fuego y con gestos precisos y diestros, lo alimentaba con sarmientos. La mujer estaba cerca de la mesa, las manos sobre el vientre, y por su bello rostro vuelto hacia la luz de la lámpara corrÃan breves ondas de dolor. No parecÃa advertir ni la humedad ni el olor de abandono y miseria. El hombre se agitaba en las habitaciones del piso superior. Después apareció en lo alto de la escalera.
—¿No hay chimenea en el dormitorio?
—No —dijo el árabe—. En la otra habitación tampoco.
—Ven —dijo el hombre.
El árabe subió. Después reapareció, de espaldas, cargando un colchón que el hombre sujetaba por la otra punta. Lo pusieron delante de la chimenea. El hombre corrió la mesa a un rincón mientras el árabe volvÃa a subir y bajaba en el acto con una almohada y unas mantas.