El primer hombre
El primer hombre —Tiéndete ahà —dijo el hombre a su mujer, y la llevó hasta el colchón.
Ella vacilaba. Se notaba ahora el olor de crin húmeda que subÃa del colchón.
—No puedo desvestirme —dijo mirando en torno con temor, como si por fin descubriera el lugar…
—QuÃtate lo que llevas debajo —ordenó el hombre. Y repitió—: QuÃtate la ropa interior. —Y después, al árabe—: Gracias. Desengancha un caballo. Lo montaré hasta el pueblo.
El árabe salió. La mujer se desvestÃa, de espaldas al marido, que también se giró. Después se tendió y en cuanto estuvo acostada, subió las mantas, gritó una sola vez, un largo grito, con la boca abierta, como si hubiera querido librarse de una vez de todos los gritos que el dolor habÃa acumulado en ella. El hombre, de pie junto al colchón, la dejó gritar, y en cuanto calló, se quitó la gorra, apoyó una rodilla en tierra y besó la bella frente sobre los ojos cerrados. Volvió a ponerse la gorra y salió a la lluvia. El caballo desenganchado daba vueltas sobre sà mismo, las patas delanteras clavadas en la turba.
—Voy a buscar una silla de montar —dijo el árabe.
—No, déjale las riendas. Lo montaré asÃ. Guarda los baúles y los enseres en la cocina. ¿Tienes mujer?