El primer hombre
El primer hombre —Ha muerto. Era vieja.
—¿Tienes una hija?
—No, gracias a Dios. Pero está la mujer de mi hijo.
—Dile que venga.
—Se lo diré. Ve con Dios.
El hombre miró al viejo árabe inmóvil bajo la lluvia fina sonriéndole bajo los bigotes mojados. El seguÃa serio, pero lo miraba con sus ojos claros y atentos. Después le tendió la mano, que el otro cogió, a la manera árabe, con las puntas de los dedos que después se llevó a la boca. El hombre se volvió haciendo crujir la turba, se acercó al caballo, lo montó a pelo y se alejó con un trote pesado.
Al salir de la finca, tomó la dirección de la encrucijada desde donde habÃan visto por primera vez las luces del pueblo. Brillaban ahora con un resplandor más vivo, la lluvia habÃa cesado y el camino que, a la derecha, conducÃa hacia allÃ, cruzaba recto unos viñedos cuyas alambradas brillaban en algunos puntos. Aproximadamente a medio camino, el caballo redujo el trote y siguió al paso. Se acercaban a una especie de cabaña rectangular con una parte, en forma de habitación, de mamposterÃa y la otra, más grande, hecha de tablas, con un gran alero que bajaba sobre una suerte de mostrador saliente. En la parte hecha de mamposterÃa habÃa