El primer hombre
El primer hombre Al dÃa siguiente, durante el recreo, Jacques estaba de plantón en el fondo del patio, de espaldas a los gritos alegres de sus compañeros. Se apoyaba alternadamente en cada pierna,{106} muerto de ganas de correr él también. De vez en cuando echaba una mirada hacia atrás y veÃa al maestro que se paseaba con sus colegas en un rincón del patio, sin mirarlo. Pero el segundo dÃa, llegó por detrás, sin que él lo viera, y le dio una palmadita en la nuca:
—No pongas esa cara de viernes trece. Muñoz también está castigado. Vamos, te permito mirar.
Del otro lado del patio, Muñoz estaba, en efecto, solo y lúgubre.
—Tus cómplices se niegan a jugar con él durante toda la semana que estés de plantón. —El señor Bernard se reÃa—. Ya ves, los dos estáis castigados. —Y se inclinó hacia el niño para decirle, con una risa de afecto que invadió de ternura el corazón del condenado—: ¡Oye, mosquito, viéndote nadie creerÃa que tienes ese gancho!