El primer hombre
El primer hombre A aquel hombre que hablaba hoy a su canario y que lo llamaba «pequeño» cuando ya tenía cuarenta años, Jacques nunca había dejado de quererlo, aun cuando el tiempo, el alejamiento y por último la segunda guerra mundial lo hubieran separado de él, primero en parte, después del todo, dejándolo sin noticias, y se alegró como un niño cuando en 1945 un reservista maduro con su capote militar llamó a su puerta en París, y era el maestro que se había reenganchado, «no para hacer la guerra», decía, «sino contra Hitler, y tú también, pequeño, has peleado, ¡ah!, yo sabía que eras de buena ley, tampoco has olvidado a tu madre, espero, bueno, no hay en el mundo nada mejor que tu mamá, y ahora regreso a Argel, ven a verme», y Jacques iba a verlo todos los años desde hacía quince, todos los años como hoy, en que besaba antes de irse al viejo emocionado que le tendía la mano en el umbral de la puerta, y era él quien lo había echado al mundo, asumiendo solo la responsabilidad de desarraigarlo para que pudiera hacer descubrimientos todavía más importantes.{107}
El año escolar llegaba a su fin y el señor Bernard había retenido a Jacques, a Pierre, a Fleury, una especie de fenómeno que destacaba por igual en todas las materias, «tiene una cabeza de superdotado», decía el maestro, y Santiago, un muchacho guapo, menos inteligente pero que triunfaba a fuerza de aplicación: