El primer hombre
El primer hombre —¡Ah! —dijo—, eso es porque eres inteligente.
—Inteligente o no, hay que colocarlo como aprendiz el año próximo. Sabes de sobra que no tenemos dinero. Traerá su salario semanal.
—Es cierto —dijo Catherine.
Fuera la luz y el calor empezaban a aflojar. A esa hora en que los talleres funcionaban a toda máquina, el barrio estaba vacÃo y silencioso. Jacques miraba la calle. No sabÃa qué querÃa, salvo que deseaba obedecer al señor Bernard. Pero a los nueve años, no podÃa ni sabÃa desobedecer a su abuela. Esta, sin embargo, evidentemente dudaba.
—¿Qué harÃas después?
—No sé. Tal vez ser maestro, como el señor Bernard.
—¡SÃ, dentro de seis años! —EscogÃa las lentejas más lentamente—. Bien —dijo—, decididamente no, somos demasiado pobres. Le dirás al señor Bernard que no podemos.
Al dÃa siguiente los otros tres anunciaron a Jacques que sus familias habÃan aceptado.
—¿Y tú?
—No sé —dijo, y sentirse de golpe todavÃa más pobre que sus amigos le encogió el corazón.
Después de la clase, se quedaron los cuatro. Pierre, Fleury y Santiago dieron su respuesta.