El primer hombre
El primer hombre —¿Y tú, mosquito?
—No sé. —El señor Bernard lo miraba.
—Está bien —dijo a los otros—. Pero tendréis que trabajar conmigo por las tardes después de clase. Ya lo arreglaré, podéis iros.
Cuando hubieron salido, el maestro se sentó en su sillón e hizo que Jacques se acercara.
—¿Qué pasa?
—Mi abuela dice que somos demasiado pobres y que tengo que trabajar el año próximo.
—¿Y tu madre?
—Mi abuela es la que manda.
—Ya lo sé —dijo el señor Bernard. Reflexionaba, después cogió a Jacques en sus brazos—. Escucha: hay que comprenderla. La vida es difÃcil para ella. Para las dos; os han criado a ti y a tu hermano, y han hecho de vosotros unos chicos buenos. Y tiene miedo, es natural. Habrá que ayudarte un poco más, a pesar de la beca, y en todo caso no llevarás dinero a casa durante seis años. ¿La comprendes?
Jacques sacudió la cabeza afirmativamente sin mirar a su maestro.
—Bueno. Pero tal vez sea posible explicárselo. Coge tu cartera, voy contigo.
—¿A casa? —dijo Jacques.
—SÃ, muchacho, me encantará ver a tu madre.