El primer hombre
El primer hombre Un momento después, el señor Bernard, bajo la mirada pasmada de Jacques, llamaba a la puerta de la casa. La abuela salió a abrir secándose las manos en el mandil, que, con un cordón demasiado ajustado, hacía resaltar su vientre de vieja. Cuando vio al maestro, se llevó la mano al pelo para acomodárselo.
—¿Atareada, abuelita —dijo el señor Bernard—, como de costumbre? ¡Ah, ya es mérito el suyo!
La abuela hizo entrar al visitante en el dormitorio por el que había que pasar para llegar al comedor, lo sentó junto a la mesa, sacó unos vasos y el anisete.
—No se moleste, he venido a charlar un momento con usted.
Empezó preguntándole por sus hijos, después por su vida en la finca, por su marido, habló de sus propios hijos. En ese momento entró Catherine Cormery, que se puso nerviosa, llamó al señor Bernard «señor maestro», corrió a su cuarto a peinarse y ponerse un mandil limpio, y volvió a instalarse en la punta de una silla, un poco separada de la mesa.
—Tú —dijo el señor Bernard a Jacques—, sal a la calle a ver si estoy. Voy a hablar bien de él, ¿comprende?, y es capaz de creerse que es cierto…