El primer hombre
El primer hombre Jacques salió, bajó precipitadamente las escaleras y se plantó en el umbral de la puerta de entrada. Una hora más tarde cuando la calle se iba animando y a través de los ficus el cielo viraba al verde, el maestro salió de la escalera y apareció por detrás. Le rascó la cabeza.
—Bueno —dijo—, ya está arreglado. Tu abuela es una buena mujer. En cuanto a tu madre… ¡Ah —dijo—, no la olvides nunca!
—Señor —dijo de pronto la abuela surgiendo del pasillo. Se sujetaba el mandil con una mano y se secaba los ojos—. Había olvidado… usted me dijo que daría unas lecciones suplementarias a Jacques.
—Desde luego —dijo el maestro—. Y no será divertido, créame.
—Pero no podremos pagarle. —El señor Bernard la miraba atentamente. Sujetaba a Jacques por los hombros.
—No se preocupe —y sacudía a Jacques—, Jacques ya me ha pagado.
El señor Bernard se había marchado y la abuela cogía a Jacques de la mano para subir al apartamento, y por primera vez se la apretó, muy fuerte, con una especie de ternura desesperada.
—Pequeño mío —decía—, pequeño mío.