El primer hombre
El primer hombre SĂłlo el amable Santiago habĂa fracasado, y los miraba con una especie de tristeza distraĂda.
—No es nada —decĂa—, no es nada. Y Jacques no sabĂa dĂłnde estaba, ni lo que pasaba, volvĂan los cuatro en tranvĂa.
—IrĂ© a ver a vuestros padres —decĂa el señor Bernard—. PasarĂ© primero por casa de Cormery, que es el que está más cerca.
Y en el pobre comedor ahora lleno de mujeres donde estaban su abuela, su madre, que habĂa tomado un dĂa de asueto para tal acontecimiento (?), y las Masson, sus vecinas, Ă©l seguĂa pegado al lado de su maestro, respirando por Ăşltima vez el olor de agua de colonia, pegado a la tibieza afectuosa de ese cuerpo sĂłlido, y la abuela resplandecĂa delante de sus vecinas.
—Gracias, señor Bernard, gracias —decĂa, mientras el maestro acariciaba la cabeza del niño.
—Ya no me necesitas —le decĂa—, tendrás otros maestros más sabios. Pero ya sabes dĂłnde estoy, ven a verme si precisas que te ayude.