El primer hombre

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Más tarde, en el avión que lo llevaba de vuelta a Argel, Jacques trataba de ordenar las informaciones que había recogido. A decir verdad, eran pocas, y ninguna se refería directamente a su padre. La noche, curiosamente, parecía subir de la tierra con una rapidez casi mensurable para atrapar por fin al avión que corría recto, sin un movimiento, como un tornillo hundiéndose directamente en el espesor de la noche. Pero la oscuridad acentuaba el malestar de Jacques, que se sentía dos veces enclaustrado, por el avión y por las tinieblas, y respiraba mal. Volvía a ver el libro de familia y el nombre de los dos testigos, nombres bien franceses como [se] ven en los letreros parisienses, y el viejo médico, después de contarle la llegada de su padre y su propio nacimiento, le dijo que eran dos comerciantes de Solferino, los primeros que aparecieron, los que habían aceptado hacerle ese favor a su padre, y tenían nombres de gentes de los suburbios de París, sí, pero qué tenía de raro si Solferino había sido fundado por rebeldes del 48.

—Ah, sí —dijo Veillard—, mis bisabuelos lo eran. Por eso había en el viejo una simiente de revolucionario.




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