El primer hombre

El primer hombre

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Ahora Jacques respiraba mejor. La primera oscuridad se había decantado, refluía como una marea dejando tras de sí una nube de estrellas, el cielo se cubría de estrellas. Sólo el ruido ensordecedor de los motores lo obsesionaba todavía. Trataba de volver a ver al viejo vendedor de algarrobas y forraje que, sí, había conocido a su padre, se acordaba vagamente de él y repetía sin cesar: «Poca charla, era de poca charla». Pero el ruido lo atontaba, lo sumía en una especie de torpor maligno en el que inútilmente trataba de ver, de imaginar a su padre, que desaparecía detrás de ese país inmenso y hostil, se fundía en la historia anónima de esa aldea y esa llanura. Detalles de su conversación con el doctor le volvían con el mismo movimiento con que las pinazas, según el mismo doctor, habían llevado a Solferino a los colonos parisienses. Con el mismo movimiento, y no había tren en aquella época, no, no, sí, pero no llegaba hasta Lyon. De modo que seis pinazas arrastradas por caballos de sirga, con La Marsellesa y el Chant du départ, desde luego, a cargo de la banda municipal, y bendición del clero a orillas del Sena, bandera con el nombre bordado de la aldea todavía inexistente, pero que los pasajeros iban a crear por ensalmo. La pinaza empezaba a alejarse de la orilla, París se deslizaba, se volvía fluido, iba a desaparecer, que Dios bendiga vuestra empresa, y hasta los espíritus escépticos, los duros de las barricadas callaban, con el alma en un puño, sus mujeres asustadas apoyadas en la fuerza de ellos, y en la cala había que dormir sobre esteras con su ruido sedoso y el agua sucia a la altura de la cabeza, pero primero las mujeres se desnudaban detrás de las sábanas que entre ellas mismas sostenían. En todo esto, ¿dónde estaba su padre? En ninguna parte, y, sin embargo, esas pinazas remolcadas cien años antes por los canales del final del otoño, derivando durante un mes por ríos y afluentes cubiertos por las últimas hojas secas, acogidos en las ciudades por las fanfarrias oficiales y relanzados con su cargamento de nuevos gitanos hacia un país desconocido, le decían más sobre el joven muerto de Saint-Brieuc que los recuerdos [seniles] y desordenados que había ido a buscar. Ahora los motores cambiaban de régimen. Abajo, esas masas sombrías, esos fragmentos de noche dislocados y filosos, eran la Cabilia, la parte salvaje y sangrienta de ese país, durante mucho tiempo salvaje y sangriento, hacia el cual cien años atrás los obreros del 48, amontonados en una fragata con ruedas, «Le Labrador», decía el viejo doctor, «así se llamaba, imagínese, Le Labrador, para ir hacia los mosquitos y el sol», Le Labrador en todo caso se afanaba con todas sus palas, removiendo el agua helada que el mistral agitaba como una tempestad, los puentes barridos durante cinco días y cinco noches por un viento polar, y los conquistadores en el fondo de las calas, sintiéndose mal hasta reventar, vomitando unos sobre otros, deseando morir, hasta entrar en el puerto de Bône, con toda su población aguardando en los muelles para recibir con música a los aventureros verdosos que venían de tan lejos, que habían abandonado la capital de Europa con mujeres, niños y muebles para aterrizar tambaleándose, al cabo de cinco semanas de errancia, en esa tierra de lejanías azuladas, cuyo olor extraño, hecho de estiércol, especias y [ ][118] descubrían con inquietud.


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