El primer hombre

El primer hombre

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Jacques se revolvió en su asiento; estaba semidormido. Veía a su padre, a quien nunca había conocido, del que no sabía siquiera la estatura, lo veía en aquel muelle de Bône entre los emigrantes, mientras las poleas bajaban los pobres muebles que habían sobrevivido al viaje, y las peleas estallaban por los que se habían perdido. Allí estaba, decidido, sombrío, apretando los dientes, y después de todo, ¿no era el mismo camino que había tomado de Bône a Solferino, unos cuarenta años atrás, a bordo de la carreta, bajo el mismo cielo de otoño? Pero la carretera no existía para los emigrantes, las mujeres y los niños amontonados en los vehículos del ejército, los hombres a pie, cortando camino a ojo a través de la llanura pantanosa o los matorrales espinosos, bajo la mirada hostil de los grupos ocasionales de árabes, siempre a distancia, acompañados casi continuamente por los aullidos de las jaurías de perros cabileños, hasta llegar, al final del día, al mismo país al que había llegado su padre cuarenta años antes, chato, rodeado de montañas lejanas, sin una casa, sin un palmo de tierra cultivada, con un puñado apenas de tiendas militares del color del polvo, un espacio desnudo y desierto sin más, lo que era para ellos el confín del mundo entre el cielo desierto y la tierra peligrosa,(119) y por la noche las mujeres lloraban de fatiga, de miedo y desengaño.


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