El primer hombre
El primer hombre La misma llegada de noche a un lugar miserable y hostil, los mismos hombres y después, después… ¡Oh! Jacques, de lo que pasó con su padre nada sabía, pero para los otros, hubo que despabilarse frente a los soldados que se reían, e instalarse en las tiendas. Las casas vendrían más tarde, las construirían y después distribuirían las tierras, el trabajo, el trabajo sacrosanto lo salvaría todo. «Trabajo no hubo en seguida…», había dicho Veillard. La lluvia, la lluvia argelina, enorme, brutal, inagotable, cayó durante ocho días, el río Seybouse se desbordó. Las ciénagas llegaban al borde de las tiendas y no podían salir, hermanos enemigos en la sucia promiscuidad de las enormes tiendas que resonaban bajo el chaparrón interminablemente, y para huir del hedor cortaron unas cañas huecas que les permitían orinar afuera sin salir, y en cuanto la lluvia terminó, a trabajar, en efecto, bajo la dirección del carpintero para levantar unos barracones ligeros.
—¡Ah, pobres gentes! —decía Veillard riendo—. Terminaron sus cuchitriles en primavera, y después le llegó el turno al cólera. Si he de creer al viejo, el abuelo carpintero perdió a su mujer y a su hija, que tenían toda la razón cuando dudaban ante el viaje.
—Pues sí —decía el médico, andando de una punta a la otra, siempre erguido y orgulloso con sus polainas, incapaz de estarse sentado—, se morían unos diez por día.