El primer hombre
El primer hombre El hombre dio las gracias y espoleó al caballo con los talones. Instantes después, llegaba al pueblo pasando entre una suerte de fortificaciones de tierra seca. Una calle al parecer única se extendía ante él, flanqueada de casitas bajas, todas iguales, y la siguió hasta una pequeña plaza cubierta de toba donde se alzaba, inesperadamente, un quiosco de música de estructura metálica. La plaza, como la calle, estaba desierta. Cormery se encaminaba ya hacia una de las casas cuando el caballo se hizo a un lado. Un árabe surgió de la sombra con un albornoz oscuro y roto, se le acercó.
—¿La casa del médico? —preguntó inmediatamente Cormery.
El otro observó al jinete.
—Venga —dijo después de examinarlo.
Reanudaron el camino en dirección opuesta. En uno de los edificios de planta baja sobreelevada a la que se subía por una escalera encalada, se leía: «Libertad, Igualdad, Fraternidad». Lindaba con un jardincito rodeado de paredes revocadas, en el fondo del cual había una casa que el árabe señaló:
—Es ahí —dijo.