El primer hombre
El primer hombre TodavÃa más lo desorientaban los jóvenes metropolitanos a quienes los azares de la carrera paterna habÃan llevado a Argelia. Quien le dio más que pensar, fue Georges Didier,{128} a quien el gusto común por las clases de francés y por la lectura habÃa acercado a Jacques hasta llegar a una suerte de amistad muy afectuosa de la que Pierre, por otra parte, estaba celoso. Didier era hijo de un oficial católico muy practicante. Su madre era aficionada a la música, la hermana (a quien Jacques nunca llegó a ver pero con la que soñaba deliciosamente) al bordado y Didier se destinaba, según decÃa, al sacerdocio. De gran inteligencia, era intransigente en cuestiones de fe y moral en las que sus certezas eran tajantes. Nunca se le oÃa pronunciar una palabra soez, o aludir, como los otros niños, con una complacencia infatigable, a las funciones naturales o a las de la reproducción, que en sus cabezas por cierto no estaban tan claras como querÃan hacer creer. Lo primero que trató de conseguir de Jacques, cuando su amistad se manifestó, fue que renunciara a las palabrotas. A Jacques no le costaba renunciar cuando estaba con él. Pero con los otros volvÃa fácilmente a las groserÃas de la conversación. (Ya se dibujaba su naturaleza multiforme que le facilitarÃa tantas cosas y lo harÃa capaz de aprender todas las lenguas, adaptarse a todos los ambientes, y desempeñar todos los papeles, salvo…) Con Didier comprendió lo que era una familia francesa media. Su amigo tenÃa en Francia la casa familiar, a la que regresaba en las vacaciones, y de la que hablaba o escribÃa incesantemente a Jacques, casa donde habÃa un desván lleno de viejos baúles en los que se conservaban las cartas de la familia, recuerdos, fotos. ConocÃa la historia de sus abuelos y de sus bisabuelos, también de un antepasado que habÃa sido marino en Trafalgar, y esa larga historia, viva en su imaginación, le proporcionaba también ejemplos y preceptos para la conducta de todos los dÃas. «Mi abuelo decÃa que… papá quiere que…» y justificaba asà su rigor, su pureza tajante. Cuando hablaba de Francia decÃa «nuestra patria» y aceptaba por anticipado los sacrificios que esa patria podÃa pedirle («Tu padre murió por la patria», le decÃa a Jacques…); en cambio esta noción de patria no tenÃa sentido alguno para Jacques, que sabÃa que era francés, que eso entrañaba cierto número de deberes, para quien Francia era una ausente a la que uno apelaba y que a veces apelaba a uno, en cierto modo como lo hacÃa ese Dios del que habÃa oÃdo hablar fuera de su casa y que, al parecer, era el dispensador soberano de los bienes y los males, en quien no se podÃa influir pero que en cambio lo podÃa todo en el destino de los hombres. Y ese sentimiento suyo era también, y más aún, el de las mujeres que vivÃan con él.