El primer hombre

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En cambio Didier sabía lo que era, la familia, a través de sus generaciones, tenía para él una existencia fuerte, y en igual medida el país donde había nacido a través de su historia, él llamaba a Juana de Arco por su nombre de pila, y para él el bien y el mal estaban tan definidos como su destino presente y futuro. Jacques, y Pierre también, aunque en menor grado, se sentía de una especie diferente, sin pasado ni casa familiar, ni desván atestado de cartas y de fotos, ciudadanos teóricos de una nación imprecisa donde la nieve cubría los tejados mientras ellos crecían bajo un sol fijo y salvaje, armados de una moral de lo más elemental que les proscribía por ejemplo el robo, que les recomendaba defender a la madre y a la mujer, pero que guardaba silencio en cantidad de cuestiones vinculadas con las mujeres, la relación con los superiores… (etcétera), niños ignorantes e ignorados de Dios, incapaces de concebir la vida futura, hasta tal punto la vida presente les parecía inagotable cada día bajo la protección de las divinidades indiferentes del sol, del mar o de la miseria. Y en realidad el que Jacques estuviera tan profundamente apegado a Didier, se debía sin duda al corazón de ese niño apasionado del absoluto, cabal en sus pasiones leales (la primera vez que Jacques oyó la palabra lealtad, que había leído cien veces, fue en boca de Didier) y capaz de una afectuosidad encantadora, pero también a su aspecto extraño, a sus ojos, a su encanto, que era para Jacques realmente exótico y lo atraía tanto como cuando, al llegar a adulto, lo atraerían irresistiblemente las mujeres extranjeras. El hijo de la familia, de la tradición y de la religión ejercía en Jacques la misma seducción que los aventureros atezados que vuelven de los trópicos, guardando un secreto extraño e incomprensible.


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