El primer hombre

El primer hombre

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Pero el pastor cabileño que en su montaña pelada y roída por el sol mira pasar las cigüeñas, soñando con ese Norte de donde llegan tras un largo viaje, vuelve por la noche a la meseta de lentiscos, a la familia de largas vestiduras, y a la chabola de la miseria donde tiene hundidas sus raíces. Así Jacques podía embriagarse con los filtros extraños de la tradición burguesa (?), pero seguía apegado en realidad a quien más se le parecía, que era Pierre. Todas las mañanas a las seis y cuarto (salvo los domingos y los jueves), Jacques bajaba los escalones de su casa de cuatro en cuatro, corriendo en la humedad de la estación caliente o bien bajo la lluvia violenta del invierno que hinchaba su esclavina como una esponja; al llegar a la fuente, doblaba a la calle de Pierre y, corriendo siempre, subía los dos pisos para llamar suavemente a la puerta. La madre de Pierre, una bella mujer de formas generosas, le abría la puerta que daba directamente al comedor, pobremente amueblado. En el fondo del comedor se abría de cada lado una puerta que daba a un cuarto. Uno era el de Pierre, que compartía con su madre, el otro el de sus dos tíos, dos rudos obreros ferroviarios, taciturnos y sonrientes. Entrando al comedor, a la derecha, un cuchitril sin aire ni luz hacía de cocina y de cuarto de aseo. Pierre habitualmente iba con retraso. Sentado delante de la mesa cubierta con hule, la lámpara de petróleo encendida en invierno, un gran tazón de barro esmaltado en las manos, trataba de tragar sin quemarse el café con leche hirviendo que acababa de servirle su madre. «Sopla», decía ella. Pierre soplaba, sorbía ruidosamente, y Jacques se apoyaba en una pierna primero y después en la otra.{130} Cuando había terminado, Pierre debía pasar a la cocina, iluminada con una vela, donde lo esperaba delante del fregadero de zinc un vaso de agua con un cepillo de dientes adornado con una espesa cinta de un dentífrico especial, pues sufría de piorrea. Se ponía la esclavina y la gorra, cogía la cartera, y así enjaezado, se cepillaba vigorosa y prolongadamente los dientes antes de escupir con ruido en la pila de zinc. El olor farmacéutico del dentífrico se mezclaba al del café con leche. Jacques, levemente asqueado, se impacientaba, se lo hacía sentir, y no era raro que terminaran en uno de esos enfurruñamientos que son los cimientos de la amistad. Bajaban entonces en silencio a la calle, andaban hasta la parada del tranvía sin sonreír. Otras veces, por el contrario, se perseguían riendo o corrían pasándose una de las carteras como una pelota de rugby. En la parada esperaban, acechando la llegada del tranvía rojo, para saber con cuál de los dos o tres conductores viajarían.


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