El primer hombre

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Porque desdeñaban siempre las dos jardineras y trepaban con dificultad hasta la parte de delante, junto al conductor, pues el tranvía estaba atestado de trabajadores que iban al centro, y sus carteras les estorbaban los movimientos. Ahí delante aprovechaban cada descenso de un pasajero para apoyarse en el tabique de hierro y vidrio y la caja de velocidad, alta y estrecha, en lo alto de la cual una palanca con su manivela giraba en arco de círculo y una gran muesca de acero en relieve marcaba el punto muerto, otras tres las velocidades progresivas y una quinta la marcha atrás. Los conductores, que eran los únicos que tenían el derecho de manejar la palanca y a quienes, según rezaba el cartel sobre sus cabezas, estaba prohibido hablar, gozaban para los dos niños del prestigio de los semidioses. Llevaban un uniforme casi militar y una gorra con visera de cuero, salvo los conductores árabes, que usaban fez. Los dos niños los diferenciaban por su aspecto. Estaba el «muchacho bajito y simpático» con una cabeza de galán joven y hombros frágiles; el Oso pardo, un árabe alto y fuerte, de rasgos toscos, la mirada siempre fija; el amigo de los animales, un viejo italiano de rostro apagado y ojos claros, encorvado sobre su manivela y que debía su apodo al hecho de que casi había detenido el tranvía para esquivar a un perro distraído y otra vez a otro animal que sin miramientos hacía sus necesidades entre los rieles; y el Zorro, un gran papanatas que tenía la cara y el bigotito de Douglas Fairbanks.{131} El amigo de los animales era también amigo entrañable de los niños. Pero a quien admiraban locamente era al Oso pardo, que, imperturbable, plantado sobre los sólidos cimientos de sus piernas, conducía su ruidosa máquina a toda velocidad, sujetando con la mano izquierda, enorme, el puño de madera de la palanca y empujándolo apenas la circulación lo permitía hasta la tercera velocidad, la mano derecha vigilante en la gran rueda del freno, a la diestra de la caja de velocidades, pronta a dar varias vueltas vigorosas a la rueda mientras ponía la palanca en punto muerto y la motora patinaba entonces pesadamente en los rieles. Cuando conducía el Oso pardo, la larga pértiga, sujeta por un gran muelle en espiral en lo alto de la motora, en los virajes y en los cambios solía despegarse del hilo eléctrico por el que se deslizaba merced a una ruedecita de llanta hueca, y a la que volvía con gran ruido de vibraciones y escupiendo chispas. El revisor saltaba entonces del tranvía, atrapaba el largo cable que colgaba de la punta de la pértiga y que se enrollaba automáticamente en una caja de hierro situada detrás de la motora, y tirando con todas sus fuerzas para vencer la resistencia del muelle de acero, llevaba la pértiga hacia atrás y entonces, dejándola subir lentamente, trataba de meter de nuevo el hilo en la llanta hueca de la rueda, en medio de un chisporroteo de centellas. Asomados a la motora o, en invierno, aplastando la nariz contra el vidrio, los niños seguían la maniobra y cuando era coronada con éxito, lo anunciaban a su alrededor para que el conductor se enterara, sin cometer la infracción de hablarle directamente. Pero el Oso pardo permanecía impávido; esperaba a que, aplicando el reglamento, el colector le diera la señal de partir y para ello tiraba de la cuerdecita que colgaba en la parte trasera de la motora con la que se accionaba una campanilla situada delante. Sin más precauciones, hacía arrancar el tranvía. Agrupados en la parte delantera, los niños miraban el camino metálico que corría por debajo, en la mañana lluviosa o resplandeciente, alegrándose cuando el tranvía adelantaba a toda velocidad una carreta de caballos o, por el contrario, rivalizaba en velocidad, por un momento, con un automóvil asmático. En cada parada el tranvía se vaciaba de una parte de su cargamento de obreros árabes y franceses, y cargaba una clientela mejor vestida a medida que se iba acercando al centro, volvía a arrancar al son de la campanilla y recorría así, de una punta a la otra, todo el arco que trazaba la ciudad, hasta desembocar de golpe en el puerto y el espacio inmenso del golfo, que se extendía hasta las grandes montañas azuladas en el fondo del horizonte. Tres paradas después, se llegaba a la terminal, la plaza del Gobierno, donde bajaban los niños. La plaza enmarcada en tres de sus lados por árboles y casas con soportales, se abría a la mezquita blanca y al espacio del puerto. En el centro se alzaba la estatua caracoleante del duque de Orléans, cubierta de cardenillo bajo el cielo resplandeciente, pero por cuyo bronce ennegrecido chorreaba la lluvia cuando hacía mal tiempo (y se contaba invariablemente que el escultor se había suicidado porque había olvidado la cadena del reloj), mientras que, de la cola del caballo, el agua se escurría interminablemente hasta el estrecho jardincillo protegido por la verja que rodeaba el monumento. El resto de la plaza estaba cubierto de pequeños adoquines brillantes en los cuales los niños, al saltar del tranvía, resbalaban interminablemente hacia la Rue Bab-Azoun, que en cinco minutos los llevaba al liceo.


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