El primer hombre
El primer hombre Bab-Azoun era una calle angosta a la que las arcadas de los dos lados, apoyadas en enormes pilastras cuadradas, estrechaban aún más y dejaban el ancho justo para la línea de tranvía, explotada por otra compañía, que unía ese barrio con los más altos de la ciudad. Los días de calor, el cielo, de un azul espeso, descansaba como una tapadera ardiente sobre la calle, y la sombra era fresca bajo los soportales. Los días de lluvia, toda la calle era una profunda trinchera de piedra húmeda y reluciente. A lo largo de los soportales se sucedían las tiendas, los vendedores de telas al por mayor, con sus fachadas pintadas en tonos oscuros y las pilas de tejidos claros brillando suavemente en la sombra, colmados que olían a clavo y a café, tenderetes de árabes que vendían pasteles rezumantes de aceite y miel, cafés oscuros y profundos donde a esa hora crepitaban las cafeteras (mientras por la noche, con sus luces crudas, se llenaban de ruido y de voces, todo un pueblo de hombres pisoteando el serrín que cubría el parqué, apretándose delante del mostrador cargado de vasos llenos de líquido opalescente y de platitos con altramuces, anchoas, trocitos de apio, aceitunas, patatas fritas y cacahuetes), bazares para turistas donde se vendían los feos abalorios orientales en escaparates chatos enmarcados por torniquetes con tarjetas postales y pañuelos moriscos de colores violentos.