El primer hombre
El primer hombre Uno de esos bazares, en medio de las arcadas, era el de un hombre gordo siempre sentado detrás de sus escaparates, en la sombra o bajo la luz eléctrica, enorme, blancuzco, de ojos globulosos, como uno de esos animales que aparecen al levantar las piedras o los viejos troncos, y sobre todo absolutamente calvo. Debido a esta particularidad los alumnos del liceo lo habían apodado «patinadero de moscas» y «velódromo de mosquitos», pretendiendo que esos insectos, cuando recorrían la superficie desnuda del cráneo, erraban los virajes y perdían el equilibrio. Con frecuencia, por las noches, como una bandada de estorninos, pasaban corriendo delante de la tienda para verlo, gritando los apodos del desventurado e imitando con sus «zz-zz-zz» los supuestos resbalones de las moscas. El gordo los increpaba; una o dos veces pretendió perseguirlos, pero tuvo que renunciar. Un día escuchó sin rechistar la andanada de gritos y burlas y durante varias noches dejó que se envalentonaran y llegaran a gritarle delante de sus mismas narices. Y de pronto, una noche, unos muchachos árabes, pagados por el comerciante, escondidos detrás de los pilares, se lanzaron en persecución de los niños. Esa noche Jacques y Pierre escaparon al castigo gracias a la velocidad excepcional de sus piernas. Jacques recibió un primer golpe en la parte posterior de la cabeza, pero repuesto de la sorpresa, dejó atrás a su adversario. Dos o tres de sus compañeros recibieron unos buenos tortazos. Los alumnos maquinaron de inmediato el saqueo de la tienda y la destrucción física de su propietario, pero el hecho es que no pusieron en práctica sus sombríos proyectos y dejaron de perseguir a la víctima, acostumbrándose a pasar hipócritamente por la acera de enfrente.