El primer hombre
El primer hombre La Rue Bab-Azoun se ensanchaba a media altura perdiendo sus arcadas de un solo lado en beneficio de la iglesia Sainte-Victoire. Esta pequeña iglesia ocupaba el emplazamiento de una antigua mezquita. En su fachada encalada había en un nicho un ofertorio (?) siempre con flores. A la hora en que pasaban los niños en la calle despejada se abrían las floristerías, que ofrecían enormes mazos de iris, claveles, rosas o anémonas, según la estación, metidos en altas latas de conserva con el borde superior oxidado por el agua con que los salpicaban constantemente. Había también, en la misma acera, una pequeña buñolería árabe, que era en realidad un reducto en el que apenas cabrían tres hombres. En uno de los lados, en un fogón rodeado de cerámica blanca y azul, cantaba un enorme barreño de aceite hirviendo. Delante del fuego, sentado con las piernas cruzadas, un extraño personaje con pantalones árabes, el torso semidesnudo durante el día y en las horas de calor, vestido el resto del tiempo con una chaqueta europea cerrada arriba, en las solapas, por un imperdible, con su cabeza afeitada, la cara flaca y la boca desdentada, como un Gandhi sin gafas, que con una espumadera de esmalte rojo en la mano, vigilaba la cocción de los buñuelos redondos que se doraban en el aceite. Cuando un buñuelo estaba a punto, es decir, dorado por los bordes y con la masa sumamente fina en el centro, a la vez translúcida y crujiente (como una patata frita transparente), deslizaba la espumadera por debajo y lo sacaba rápidamente del aceite, lo escurría después sobre el barreño, sacudiendo tres o cuatro veces la espumadera, y lo colocaba en un escaparate protegido por un vidrio, con estantes perforados en los que se alineaban, de un lado los buñuelos de miel en forma de bastoncillos, y del otro, chatos y redondos, los buñuelos al aceite.{133} Pierre y Jacques se volvían locos por esos pasteles y cuando uno u otro, por excepción, tenían unos céntimos, se tomaban el tiempo de detenerse, de recibir el buñuelo en una hoja de papel, que el aceite volvía en seguida transparente, o el bastoncillo, que el vendedor, antes de entregarlo, bañaba en una tinaja que tenía cerca, al lado del fuego, llena de una miel oscura constelada de miguitas. Los niños recibían esas maravillas y le hincaban el diente, siempre corriendo hacia el liceo, el torso y la cabeza inclinados hacia adelante, para no mancharse la ropa.