El primer hombre

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Delante de la iglesia Sainte-Victoire tenía lugar, poco después de la reanudación de las clases, la emigración de las golondrinas. En efecto, en lo alto de la calle, que se ensanchaba en ese lugar, había una gran cantidad de cables eléctricos e incluso de alta tensión que habían servido en otros tiempos para la maniobra de los tranvías y que, caídos en desuso, no habían sido desmontados. Con los primeros fríos, fríos relativos pues nunca helaba, y sensibles tras el peso enorme del calor durante meses, las golondrinas,{134} que volaban en general por encima de los bulevares del paseo marítimo, sobre la plaza enfrente del liceo o en el cielo de los barrios pobres, lanzándose con gritos penetrantes hacia un fruto de ficus, una basura flotando en el mar o una boñiga fresca, hacían primero unas apariciones solitarias en el corredor de la Rue Bab-Azoun, volando un poco bajo al encuentro de los tranvías, hasta elevarse de un solo golpe para desaparecer en el cielo por encima de las casas. Bruscamente, una mañana, se reunían miles en todos los cables de la placita Sainte-Victoire, en lo alto de las casas, apretadas unas contra otras, agitando la cabeza sobre el pequeño pecho de medio luto, desplazando ligeramente las patas y sacudiéndose con la cola para dejar sitio a una recién llegada, cubriendo la acera con sus pequeñas deyecciones cenicientas, todas ellas un solo piar sordo, erizado de breves cotorreos, conciliábulo incesante que desde la mañana se extendía sobre la calle, se hinchaba poco a poco hasta volverse casi ensordecedor cuando llegaba la noche y los niños corrían hacia los tranvías de regreso, y cesaba bruscamente a una orden invisible, miles de cabecitas y de colas blanquinegras se inclinaban entonces entre los pájaros dormidos. Durante dos o tres días, procedentes de todos los rincones del Sahel y a veces de más lejos, los pájaros llegaban en pequeños regimientos ligeros, trataban de acomodarse entre los primeros ocupantes y poco a poco se instalaban en las cornisas a lo largo de la calle, a cada lado del grupo principal, aumentando progresivamente por encima de los transeúntes los chasquidos de alas y el piar general que llegaba a ser ensordecedor. Y una mañana, con la misma brusquedad, la calle quedaba vacía. Durante la noche, justo antes del alba, los pájaros habían partido hacia el sur. Para los niños, el invierno empezaba entonces, mucho antes de la fecha, puesto que para ellos nunca hubiera existido el verano sin los gritos penetrantes de las golondrinas en el cielo todavía cálido de la noche.


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