El primer hombre

El primer hombre

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La Rue Bab-Azoun terminaba por desembocar en una gran plaza donde se levantaban frente a frente, a izquierda y a derecha, el liceo y el cuartel. El liceo volvía la espalda a la ciudad árabe, cuyas calles escarpadas y húmedas empezaban allí a trepar por la colina. El cuartel daba la espalda al mar. Más allá del liceo, empezaba el jardín Marengo; más allá del cuartel, el barrio pobre y semiespañol de Bab-el-Oued. Unos minutos antes de las siete y cuarto, Pierre y Jacques, después de subir las escaleras a toda velocidad, entraban en medio de un mar de niños por la puertecita del portero, junto al portal principal. Desembocaban en la gran escalera, a cuyos lados figuraban los cuadros de honor, y seguían trepando a toda velocidad para llegar al rellano de donde partía, a la izquierda, la escalera que llevaba a las plantas, separada del gran patio por una galería acristalada. Allí, detrás de uno de los pilares del rellano, descubrían al Rinoceronte que acechaba a los retrasados. (El Rinoceronte era un bedel general, corso, bajo y nervioso, que debía su apodo a sus bigotes retorcidos.) Empezaba otra vida.






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