El primer hombre

El primer hombre

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Pierre y Jacques habían obtenido, a causa de su «situación familiar», una beca de medio pensionistas. Se pasaban el día entero en el liceo y comían en el refectorio. Las clases empezaban a las ocho o a las nueve, según los días, pero el desayuno se servía a los internos a las siete y cuarto y los medio pensionistas tenían derecho a tomarlo con ellos. Para las familias de los dos niños era inconcebible que pudiera renunciarse a un derecho, cualquiera que fuese, cuando tenían tan pocos; Jacques y Pierre figuraban, pues, entre los raros medio pensionistas que llegaban a las siete y cuarto al gran refectorio blanco y circular donde los internos, no del todo despiertos, se iban instalando delante de las largas mesas cubiertas de zinc, con grandes tazones y enormes cestos donde se amontonaban gruesas rebanadas de pan duro, mientras los camareros, casi todos árabes, envueltos en largos mandiles de tela basta, pasaban entre las filas con grandes cafeteras ahora brillantes, con un gran pico acodado para verter en los tazones un líquido hirviente donde había más achicoria que café. Después de ejercer su derecho, los niños podían entrar, un cuarto de hora más tarde, en la sala de estudio, donde bajo la vigilancia de un pasante, también interno, podían repasar sus lecciones antes de empezar la clase.



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