El primer hombre
El primer hombre La gran diferencia con la escuela primaria era la multiplicidad de profesores. El señor Bernard sabía todo y enseñaba todo lo que sabía de la misma manera. En el liceo los maestros cambiaban según las materias, y los métodos cambiaban según los hombres.{135} La comparación era posible, es decir, que Jacques debía escoger entre los maestros a los que quería y aquellos a los que no quería. Desde ese punto de vista, un maestro de primaria está más cerca de un padre, ocupa casi todo su lugar, es, como él, inevitable y forma parte de la necesidad. De modo que no se plantea realmente la cuestión de quererlo o no quererlo. Las más de las veces uno lo quiere porque depende absolutamente de él. Pero si por azar el niño no lo quiere, o lo quiere poco, la dependencia y la necesidad permanecen, y no están lejos de parecerse al amor. En el liceo, por el contrario, los profesores eran como esos tíos entre los cuales existe el derecho de escoger. Sobre todo, uno podía no quererlos, y tenían el ejemplo de un profesor de física de aspecto sumamente elegante, autoritario y grosero en su lenguaje, que ni Jacques ni Pierre pudieron «tragar» jamás, aunque a lo largo de los años lo tuvieron dos o tres veces. El que tenía más posibilidades de ser querido era el profesor de letras, a quien los niños veían con más frecuencia que a los otros y, en efecto, en casi todas las clases era el preferido de Jacques y de Pierre,{136} pero sin poder apoyarse en él, pues no los conocía y, una vez terminada la clase, se retiraba a una vida desconocida, y ellos también, de vuelta en ese país lejano donde no había ninguna posibilidad de que se instalara un profesor de liceo, tanto que nunca encontraban a nadie en el tranvía, ni a profesores ni a alumnos, al menos en los rojos, que iban a los barrios de abajo (el C.F.R.A.), mientras que para los barrios altos, considerados elegantes, había otra línea de coches verdes, los T.A. Además, los T.A. llegaban hasta el liceo, mientras que los C.F.R.A. se detenían en la plaza del Gobierno, se [ ][137] al liceo por abajo. De modo que una vez terminada la jornada, los dos niños sentían la separación en la puerta misma del liceo, o un poco más lejos, en la plaza del Gobierno, cuando, al despedirse del alegre grupo de sus compañeros, se encaminaban a los coches rojos que iban a los barrios más pobres. Y lo que sentían era, efectivamente, su separación, no su inferioridad. Eran de otro lugar, eso es todo.