El primer hombre

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{141} A las siete se soltaba la riada de alumnos del liceo, la carrera en grupos ruidosos por la Rue Bab-Azoun con todas las tiendas iluminadas; las aceras atestadas bajo los soportales les obligaban a correr a veces por la calzada entre los rieles, hasta que aparecía un tranvía y les empujaba a refugiarse bajo los soportales y por fin se abría la plaza del Gobierno iluminada por los quioscos y los tenderetes de los comerciantes árabes, con sus lámparas de acetileno, cuyo olor los niños respiraban con deleite. Los tranvías rojos esperaban, cargados hasta reventar, mientras que por la mañana eran los menos frecuentados y a veces se quedaban en el estribo de las jardineras, cosa prohibida y tolerada a la vez, hasta que algunos viajeros se apeaban en una parada y los niños se hundían entonces en la masa humana, pero no podían charlar, reducidos a usar lentamente los codos y el cuerpo para llegar a una de las barandillas desde las que podía verse el puerto oscuro, donde los grandes transatlánticos punteados de luz parecían, en la noche del mar y del cielo, esqueletos de edificios incendiados en los que todavía ardieran todas las brasas. Los grandes tranvías iluminados pasaban entonces con gran ruido por el borde del mar, por lo alto, después bajaban un poco hacia el interior y desfilaban entre casas cada vez más pobres hasta el barrio de Belcourt, donde había que separarse y subir las escaleras jamás iluminadas rumbo a la luz redonda de la lámpara de petróleo que iluminaba el hule y las sillas alrededor de la mesa, dejando en la sombra el resto de la habitación donde Catherine Cormery, delante del aparador, preparaba los cubiertos, mientras la abuela recalentaba en la cocina el guiso del mediodía y el hermano mayor leía en un extremo de la mesa una novela de aventuras. A veces había que ir al colmado mzabí de la esquina a comprar la sal o el paquete de mantequilla que faltaba en el último momento, o a buscar al tío Ernest, que peroraba en el café de Gaby. A las ocho cenaban en silencio, o bien el tío contaba una oscura aventura que le hacía reír a carcajadas, pero en todo caso nunca se hablaba del liceo, salvo cuando la abuela preguntaba a Jacques si había tenido buenas notas, y él decía que sí y nadie volvía a mencionar el asunto, y su madre no le preguntaba nada, meneando la cabeza y mirándolo con sus ojos dulces cuando reconocía que había obtenido buenas calificaciones, pero siempre silenciosa y un poco aparte. «No se mueva», decía a su madre, «voy a buscar el queso», y nada más hasta el final, en que se levantaba para quitar la mesa. «Ayuda a tu madre», decía la abuela, porque él cogía los Pardaillan para leer ávidamente. La ayudaba y luego volvía bajo la lámpara, poniendo sobre el hule liso y desnudo el libro voluminoso que hablaba de duelos y de coraje, mientras su madre, sacando una silla fuera de la luz de la lámpara, se sentaba junto a la ventana en invierno, o en verano en el balcón, y miraba circular los tranvías, los coches y los transeúntes, que iban raleando poco a poco.{142} Entonces era la abuela quien decía a Jacques que debía acostarse porque a la mañana siguiente se levantaba a las cinco y media, y él la besaba primero, después al tío y para terminar a su madre, que le daba un beso afectuoso y distraído, con la mirada perdida en la calle y la corriente de vida que fluía infatigable más abajo de la orilla donde estaba ella, infatigable, mientras su hijo, infatigable, con la garganta apretada, la observaba en la sombra, mirando la espalda flaca y encorvada, lleno de una angustia oscura frente a una infelicidad que no podía comprender.


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