El primer hombre
El primer hombre —Soy yo, señor Tahar —decÃa el niño con voz blanca—. He cogido una gallina para mi abuela.
—Ah, eres tú. Bueno, creÃa que habÃa ladrones —y se retiraba sumiendo de nuevo el patio en la oscuridad.
Entonces Jacques corrÃa, mientras la gallina se debatÃa enloquecida, golpeándose contra las paredes del pasillo o los barrotes de la escalera, enfermo de asco y de miedo, sintiendo contra la palma de la mano la piel espesa, frÃa, escamosa, de las patas, corriendo todavÃa más rápido por el rellano y el pasillo de la casa, y apareciendo por fin en el comedor como un vencedor. El vencedor se recortaba en la entrada, despeinado, las rodillas verdes de moho del patio, con la gallina lo más separada posible de su cuerpo y la cara pálida de miedo.
—Ves —decÃa la abuela al mayor—, es más pequeño que tú, deberÃa darte vergüenza.