El primer hombre

El primer hombre

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La gallina había dejado de sangrar. Con precaución, Jacques depositaba sobre la mesa el plato con la sangre ya oscurecida. La abuela arrojaba junto al plato a la gallina con sus plumas ahora opacas, el ojo vidrioso sobre el que bajaba el párpado redondo y plegado. Jacques miraba el cuerpo inmóvil, los dedos de las patas juntos, la cresta apagada y fláccida, la muerte, en fin, y se volvía al comedor.{145}

—Yo no puedo ver eso —le había dicho su hermano con furor contenido—. Es repugnante.

—No, qué va —decía Jacques con voz insegura.

Louis lo miraba con un aire a la vez hostil e inquisitivo. Y Jacques se irguió. Se encerraba en la angustia, en ese miedo pánico que lo había invadido frente a la noche y a la muerte espantosa, encontrando en el orgullo, y sólo en él, una voluntad de coraje que terminó por hacer las veces de coraje.

—Tienes miedo, eso es todo —terminó por decir.

—Sí —dijo la abuela entrando en el comedor—, en adelante será Jacques quien vaya al gallinero.

—Está bien —comentaba el tío Ernest encantado—, tiene coraje.

Petrificado, Jacques veía a su madre, un poco apartada, zurciendo calcetines con un gran huevo de madera. Ella lo miró.

—Sí —dijo—, está bien, eres valiente.


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