El primer hombre
El primer hombre Y se volvía hacia la calle, y Jacques no tenía ojos bastantes para mirarla, y sentía de nuevo que la desdicha se instalaba en su corazón encogido.
—Ve a acostarte —decía la abuela.
Sin encender la lamparita de petróleo, Jacques se desvestía en la habitación a la luz que llegaba del comedor. Se tendía en el borde de la cama de dos plazas para no tocar a su hermano ni molestarlo. Se dormía en seguida, muerto de cansancio y de sensaciones, despertando a veces cuando su hermano pasaba por encima de él para dormir pegado a la pared, pues se levantaba más tarde que Jacques, o cuando su madre tropezaba contra el armario mientras se desvestía en la oscuridad, subía levemente a su cama y dormía con un sueño tan ligero que podía creerse despierta, y Jacques a veces lo pensaba, tenía ganas de llamarla y se decía que de todos modos no lo oiría, trataba entonces de quedarse despierto al mismo tiempo que ella, con la misma levedad, inmóvil, sin hacer ningún ruido, hasta que el sueño lo vencía, como había vencido a su madre después de una dura jornada de lavado o de tareas domésticas.