El primer hombre

El primer hombre

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

La mañana de los jueves sin castigo y los domingos se dedicaba a los recados y a los trabajos de la casa. Y por la tarde, Pierre y Jean{148} donde la madre de Pierre, que había dejado Correos, se encargaba de la ropa blanca. Kouba era el nombre de una colina, al este de Argel, en la terminal de una línea de tranvías.{149} En realidad allí se detenía la ciudad y empezaba la suave campiña del Sahel, con sus colinas armoniosas, agua relativamente abundante, prados casi feraces y campos de tierra roja y esponjosa, cortados de vez en cuando por setos de altos cipreses o de cañas. Las viñas, los árboles frutales, el maíz, crecían en abundancia y sin mayor esfuerzo. Para el que venía de la ciudad y de sus barrios húmedos y calientes, el aire era, de añadidura, vivo y pasaba por benéfico. Para los argelinos que en cuanto tenían algunos medios o rentas escapaban en verano de Argel hacia el clima más moderado de Francia, bastaba que el aire que se respiraba en un lugar fuera un poco más fresco para que lo bautizaran como «aire de Francia». Así es como en Kouba se respiraba el aire de Francia. La Casa de los Inválidos, creada poco después de la guerra para los pensionistas mutilados, se hallaba a cinco minutos de la terminal del tranvía. Era un antiguo convento amplio, de una arquitectura complicada y distribuida en varias alas, con gruesos muros encalados, galerías cubiertas y grandes salas abovedadas y frescas donde se habían instalado los refectorios y los servicios. La lencería, dirigida por la señora Marlon, la madre de Pierre, estaba en una de esas grandes salas. Allí recibía a los niños, entre el olor de las planchas calientes y de la ropa húmeda, con dos empleadas, una árabe, la otra francesa, que estaban bajo sus órdenes. Les daba a cada uno un trozo de pan y otro de chocolate y, arremangando sus hermosos brazos frescos y fuertes:


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker