El primer hombre

El primer hombre

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Los niños vagabundeaban primero por las galerías y los patios interiores, y la mayoría de las veces comían la merienda en seguida, para librarse del estorbo del pan y del chocolate, que se derretía entre los dedos. Se cruzaban con inválidos a quienes les faltaba un brazo o una pierna, o que circulaban en cochecitos con ruedas de bicicleta. No había caras mutiladas ni ciegos, sólo lisiados correctamente vestidos, a menudo con una condecoración, la manga de la camisa o de la chaqueta, o la pierna del pantalón cuidadosamente recogidas y sujetas por un imperdible en torno al muñón invisible, y no era horrible, eran muchos. Los niños, pasada la sorpresa del primer día, los veían como veían cualquier novedad que descubrieran y que incorporaban de inmediato al orden del mundo. La señora Marlon les había explicado que esos hombres habían perdido un brazo o una pierna en la guerra, y la guerra justamente formaba parte de su universo, era de lo único de lo que oían hablar, había influido en tantas cosas a su alrededor que no les costaba comprender que se pudiera perder en ella un brazo o una pierna y que incluso se la pudiera definir como una época de la vida en que se perdían los brazos y las piernas. Por eso ese universo de lisiados no era nada triste para los niños. Algunos eran taciturnos y sombríos, es cierto, pero la mayoría eran jóvenes, sonrientes y tomaban a broma incluso su invalidez.


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