El primer hombre

El primer hombre

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—Tengo una sola pierna —decía uno de ellos, rubio, de fuerte rostro cuadrado, lleno de salud, a quien se veía rondar muchas veces por la lencería—, pero todavía puedo darte un puntapié en el trasero.

Y apoyado con la mano derecha en el bastón y con la izquierda en el parapeto de la galería, se incorporaba y lanzaba su único pie en dirección a los niños. Estos reían con él y escapaban al trote. Les parecía normal ser los únicos que podían correr o utilizar los dos brazos. Sólo una vez Jacques, que se había hecho un esguince jugando al fútbol y que durante unos días anduvo arrastrando una pierna, pensó que los inválidos de los jueves estaban de por vida incapacitados como él para correr y subir a un tranvía en marcha, y dar un puntapié a una pelota. De golpe comprendió lo que tenía de milagroso la mecánica humana, y al mismo tiempo sintió una angustia ciega ante la idea de que él también podría ser un mutilado; después lo olvidó.

Bordeaban(150) los refectorios con las persianas a medio echar, las mesas revestidas de zinc reluciendo débilmente en la sombra, después las cocinas con enormes recipientes, calderos y cacerolas, de donde se escapaba un olor tenaz de grasa quemada. En el ala final veían los cuartos con dos o tres camas cubiertas de mantas grises, y armarios de madera sin pintar. Al fin bajaban al jardín por una escalera exterior.


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